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Uno les veía y podía pensar que
habían reñido poco antes de
subirse al escenario: el uno
mirando a Pamplona; el otro, a
Segovia, y el tercero, a La
Almunia de Doña Godina. Pero era
ponerse a tocar y el asunto, que
tomaba vuelo estratosférico, y
ya podían estar los tres tocando
de espaldas, que daba lo mismo.
Lo escuchado el sábado rebasó
todos los límites. Algo que sólo
puede entenderse en quien, como
el pianista germano-ibicenco
Joachim Kühn, vive las 24 horas
del día en contacto con la
música; el caso, también, de
Rabih Abou-Khalil, especie de
kamikaze de los folclores
arábigos, quien no ha dudado en
adentrarse en aguas que ningún
músico de su especie se atreve
siquiera a atisbar. Total: un
laúd -ud- con denominación de
origen, más un piano de gran
cola, más un batería -Jarrod
Cagwin- que era de jazz, aunque
pudiera no serlo. Ellos tres y
nadie más. Será porque son seres
de otra galaxia y bastante
lunáticos, y se manejan en
términos que no son los
habituales entre los demás
mortales. Tan inabarcables como
su música: un mestizaje para
adultos sin reparos y de una
belleza sin concesiones que se
superaba a sí misma a cada
pieza.
Un único pero: el sonido que
perjudicó notablemente a un
instrumento o a otro, según la
zona en que uno se hallara
sentado. El asunto también
trastabilló en parte la
actuación de Pedro Ruy Blas
(voz) y Horacio Icasto (piano).
Su aparición, anterior a la de
los arriba referidos, resultó
algo incoherente. De lo
escuchado valga el eclecticismo
de su repertorio y, por su
originalidad, las adaptaciones
de Black is black, Mediterráneo
y A los que hirió el amor. Una
vía autóctona en la que deberían
profundizar.
La jornada del Viernes, por su
parte, estuvo enteramente
dedicada a la big band del
saxofonista norteamericano Bob
Sands. Con él estuvieron sus
compatriotas Bobby Martínez,
Norman Hogue y Chris Kase,
quienes también fueron recibidos
a su llegada a nuestro país por
la parroquia jazzística con
alegría, como en la película de
Berlanga; músicos de referencia,
valedores de una forma de
entender el jazz que deriva del
contacto directo con las
fuentes.
Se habla de una formación de
altísimos vuelos, homologable a
la mejor que pueda circular por
los circuitos internacionales,
con una marcada tendencia hacia
la música primordial del gran
Count Basie. Y con ellos estaba
Laïka Fatien, la extraordinaria
cantante de origen sefardí. La
cantante universal: Laïka lo
canta todo y en ella se reconoce
a las grandes vocalistas de jazz
de la historia. |
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